¡Ay de los que llaman bien al mal y mal al bien,
que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas,
que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!

Este versículo nos enseña que hay veces en que podemos actuar de una forma aparentemente buena, pero en verdad (aún sin saberlo) existe una razón egoísta. Esto conduce a la pérdida de uno mismo sin darse cuenta o sin querer darse cuenta.

Esta es una enfermedad es muy grave. Perderse a uno mismo significa que alguien ha ganado tu ser: tu opinión, tus ideas, tus gustos… Tu estancia en este mundo deja de ser tuya; no la vives tú, sino que has alquilado tu cuerpo, tu alma y tu tiempo para que alguien decida cómo tienes que vivir y cómo tienes que pensar.

Volviendo al versículo, vemos esta dislexia cultural actual que lo que antes se consideraba malo, ahora se considera bueno y se debe defender con la espada. Cuántas cosas de nuestros antepasados son “desfasadas” porque hemos evolucionado. Nuestros antepasados tenían algo muy valioso y conservaban con gran aprecio la tradición recibida, esa tradición que nos han transmitido pero el mundo actual la ha desechado.

La tradición es como un reloj que te regala tu padre y ; a él se lo regaló el suyo, y a ese, el suyo. Ese reloj lleva una historia: estuvo en la guerra, dio la hora en tiempos de hambre, en penurias y en las celebraciones. Tú lo recibes, aunque no hayas conocido a tu abuelo. No hace falta conocerlo para entender su valor. Ese reloj representa la tradición. Por supuesto que te puedes comprar un reloj, que te mida la tensión arterial, los pasos y el sueño, pero jamás igualará el valor del reloj familiar (o así debería ser y eso pensaban todas las generaciones por las que pasaba ese reloj). La tradición pasa de generación en generación, de padres a hijos y es una llama que no se apaga.

Como diría G.K. Chesterton:

La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la transmisión del fuego.”

Adorar de las cenizas es ser tradicionalista, pero transmitir la lumbre es ser tradicional. Ser tradicional no te hace estar anclado en el pasado, sino vivir el presente, amando el pasado y con esperanza en el futuro.

En los tiempos actuales, algunos piensan que lo mejor es apagar esa llama porque una linterna ilumina más y no contamina; esta idea luciferina se ha implantado por el llamado modernismo. Para la modernidad, toda verdad que no provenga de una descripción científica y cuantificable de la realidad será relativizada o anulada.

Esto es algo de lo que preocuparse, parece que si algo no entra en una probeta de laboratorio no existe. Hace desaparecer la tradición porque ve en ella nada de utilidad. La modernidad destruye nuestras tradiciones, destruye la espiritualidad, sustituye a Dios y todo tiene que cumplir sus estándares de calidad por los cuales sabemos si eres un producto válido o la sociedad te tiene que rechazar por ser “defectuoso”.

Ir en contra de la modernidad NO es ser defectuoso sino como decíamos al principio es necesario para no perderse a uno mismo. Es una cuestión vital, que todo el cientificismo no nos haga perder nuestra vida ni nuestra alma.

Para el mundo tradicional , el hombre está llamado a ser Libre, en el sentido de no ser un producto, sino de liberarse a sí mismo para poder llegar a ser sí mismo, para poder llegar a ser quien realmente Es.

Los hombres plenamente libres, tampoco podrán ser productos de alguna otra cosa o proceso que les absorba. Ser plenamente libre en el plano horizontal (el mundo palpable) te abrirá la puerta al plano vertical (lo sobrenatural).

Más adelante hablaremos de la Libertad.

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